El secreto de Lolo: La idea genial de presentar a Lolo a los niños

El secreto de Lolo

Lo reconozco, sí, me he apropiado del título de un cómic-biografía referida a Lolo. Su autora es Blanca Aguilar Liébana y fue editado en 2010 por los Amigos de Lolo, ahora Fundación Lolo.

Es una idea más que genial que se quiera presentar a Lolo a los niños. Aunque no se crea nadie que, por no serlo, no se puede gozar con esta obra gráfica-literaria. No. Y es que, como todos quisiéramos ser niños al estilo de lo que dice Cristo, estaría más que bien que nos pusiéramos a su “nivel” de convencimiento en la fe para tomar esto como algo de gran provecho. Y, además, se nos presenta a alguien a quien, a lo mejor, no conocemos tanto como deberíamos.

El cómic está dividido en partes a tenor de lo que fue la vida de Lolo. Así, por ejemplo, el primer apartado corresponde a su vida en los primeros años (desde 1920, fecha de nacimiento, 9 de agosto, a 1936, momento en el que cambió su vida radicalmente)

En este tiempo Lolo es un niño-joven al que le gusta mucho el fútbol: jugarlo y coleccionar cromos de sus jugadores favoritos sin olvidar que era un verdadero apasionado de subirse a los árboles y de hacer teatro.

Vemos que Lolo goza de la vida lo mejor que en aquel entonces puede hacer. Y luego, capítulo segundo, Lolo se comporta como un joven valiente que, en plena Guerra Civil lleva la comunión, como hemos dicho en otro artículo, en una caja de pastillas Juanola, a los hermanos en la fe que están encarcelados. Y es enviado al frente de donde vuelve, ya, enfermo de los huesos…



Lolo, de todas maneras, es incansable. A pesar de su enfermedad es un joven más que alegre: estudia magisterio por las noches, da catequesis a los niños más pobres de Linares y, además, trabaja en una tienda de telas… En fin, que, al parecer, no podía estar parado muy a pesar de su enfermedad de la que, por cierto, no quería hablar para no preocupar a nadie (de eso diría, en uno de sus libros, que quería un dolor “con escafandra”), para que nadie, salvo Dios y él, supiese del mismo.

Su enfermedad acabó sentándolo en su silla de Rey de la fe: su sillón de ruedas (título de uno de sus libros, precisamente) desde donde manifestó toda una luz y una fuerza espiritual difícil de igualar.

En aquellos años, de 1945 a 1960 Lolo recibe a muchas personas en su casa de Linares (como hiciera, en el mismo tiempo, la Venerable francesa Marta Robin). Y es que, aunque sufría abundantes dolores, todos los apagaba con su buen humor y su capacidad de saber escuchar a los demás y hablarles al corazón. Y podemos decir que Lolo vivió en verdadera fama de santidad entre aquellos que lo conocían.

De todas formas, como nos dice Blanca Aguilar, Lolo tenía un truquillo: “la fuerza de la Eucaristía y la oración” y, así, pudo salir adelante porque creía firmemente en su unión a Jesucristo a través de su sufrimiento.

En un momento determinado, Lolo viaja a Lourdes (1958) donde no le pide a la Virgen que lo cure porque sólo quiere verla y, para eso, su hermana Lucy le ha de poner un espejo en las rodillas pues “él estaba tan inválido que ni siquiera podía levantar la cabeza para mirar”.

Alguien, a esta altura de las cosas, podría pensar que nada más podía pasarle a Lolo. Pues se equivoca porque los últimos 9 años de su vida,. ¡9!, los pasó ciego, perdió la vista. Eso, sin embargo, no le supuso inconveniente alguno para seguir haciendo lo que hacía: escribió, suponemos que dictando o grabando en un magnetófono, muchos artículos y unos cuantos libros vieron la luz que él no podía ver con los ojos. Y, sobre todo, siguió siendo ejemplo de superación, de perseverancia y de amor a Dios.

También nos habla la autora del cómic de la fundación de Sinaí, Obra espiritual muy personal de Lolo que consistía en formar grupos de oración por la prensa católica a la que nosotros, en otro artículo, llamamos “Los doce de Lolo”. Y ahí nos remitimos.



En fin… Dios llama a Lolo a su Casa el 3 de noviembre de 1971, muchos sufrimientos ofrecidos después de haber nacido 51 años antes en Linares, su pueblo. Y muere, dejando un secreto de perfecta comprensión: el amor a Dios, el saber mirar con los ojos del corazón, el hacer de su sillón de ruedas el más acertado compañero de predicación y, en fin, en hacer de sí mismo una verdadera y cierta semilla de eternidad.

Y eso, y mucho más es este cómic de Lolo: para niños y para todo aquel que prefiera serlo.

Eleuterio Fernández Guzmán