Lolo: Una santidad, digamos, ordinaria

Lolo

Es muy común tener por lógico pensar que los santos son personas que, a lo largo de su vida, han llevado a cabo algo así como hazañas muy importantes y que sus vidas están llenas de grandes circunstancias. Lo que pasa, en realidad, es que no somos capaces, muchas veces, de hacer lo que nos alcance la santidad.

Si hay un ejemplo que demuestra que lo puesto arriba, la tal realidad, no es así es el del Beato Manuel Lozano Garrido.

Quien lea la biografía de Lolo, o lea los libros que publicó o los artículos de prensa que dio a la luz pública, no verá ni en los primeros ni en los segundos nada que pueda denominarse extraordinario salvo, en todo caso, la aplicación directa que hace del don de la escritura que Dios le otorgó con largueza. Pero de otra cosa… en fin, nada de nada.

A lo mejor puede pensarse que decir esto es hacer de menos a un santo o a alguien que ha alcanzado los altares. Sin embargo, ni vamos a hacer eso ni aquí se podría permitir eso pues ya sabemos quién es aquel linarense que hizo de lo ordinario algo verdaderamente extraordinario.

Sí, aquí ha aparecido la palabra “extraordinario” que, según sostenemos, no es necesario que aparezca para que a alguien lo acaben citando en los libros de historia de nuestra fe como santo, siervo de Dios o Beato. Sin embargo, nosotros nos referimos a otra extraordinariedad, si puede decirse así.

En realidad, Lolo parte de su vida ordinaria, común, para hacer lo más difícil que se puede llegar a hacer y que no es otra cosa que comprender las causas y razones de su existencia y, desde tal comprensión, ser capaz de soportar carros y carretas al respecto de su salud, tan quebrada desde tan temprano…

Para Lolo, y según los perfiles que aquí mismo hemos traído, orar es algo más que ponerse ante Dios porque es darse por entero a su Creador; ayudar en lo más sencillo a su prójimo es un deber que no quiere quebrantar por muy quebrantado que esté él mismo; tener su vida como entrega graciosa (gratuita, queremos decir) no es más que la expresión de tener un corazón gigante y de gigante, pues grande era, y de carne (nunca de piedra) y más grande lo hacía en la fama de santidad que se estaba ganando a fuerza de ser, así, sencillo y humilde, dador de sí y manifestando la forma más adecuada de ser hijo de Dios.

Manuel Lozano Garrido, así dicho, sólo Manuel, era un hombre que en su comportamiento, su hacer, su propia y exacta existencia, nada se puede decir que fuera extraordinario cuando, al revés, todo lo era pues lo era su total ser, digamos, a ras de suelo pero siempre con el corazón en alto, mirando a Quien lo iba a llamar sabiendo que había cumplido con su misión y deber. Y el Cielo, sí, pudo esperar unos decenios pero cuando se le abrieron las puertas, entró en él la forma más común de ser santo: serlo.

Eleuterio Fernández Guzmán