Lolo: Los «quehaceres» de un niño

 Lolo: Los «quehaceres» de un niño

No son pocas las veces que, llevados por un exceso de piedad, a las personas que, al cabo de su vida, han sido llamadas por Dios y, tras el correspondiente proceso, han subido a los altares (son Venerables, Beatos o Santos), se les endulza la vida de tal forma que no pareciera que hablamos de seres humanos sino de algo que iría más allá…

Esto lo decimos porque se ha llegado a decir de determinados santos que era tal su virtud que, de pequeños, no mamaban de la madre por alguna especie de prevención espiritual o algo así.

Las cosas, como podemos imaginar, son más normales de lo que se podría llegar a pensar y, al fin y al cabo, los creyentes católicos que acaban subiendo a los altares han pasado por el mundo y, claro han tenido sus más y sus menos consigo mismos pero, sobre todo, suelen haber tenido una vida de lo más normal con el añadido de una entrega, seguramente, más que especial a Dios y a su prójimo.

Podemos decir que si hay alguien que si hay alguien que, habiendo subido a los altares, era una persona de lo más normal es, sin duda, Manuel Lozano Garrido que ha acabado siendo el Beato Lolo, llamado así con el cariño con el que, muchas veces, distinguimos a los mejores de entre nosotros.

Y todo empezó, como podemos imaginar, con un niño: Manolo, Lolo.

Sí, Lolo también fue niño como lo hemos sido todos los mortales que ya no lo somos. Y entonces… ¿Qué vida llevaba aquel niño?, podemos preguntar cuando sabemos cómo acabó la misma y con qué fama de santidad fue llamado por Dios a su Casa.

Manuel fue un niño, digamos, de lo más pedestre. Es decir, normal como es normal todo niño que lo es. Y eso quiere decir que, por ejemplo, le gustaba mucho el fútbol (pensemos que, por entonces, años 20 del siglo pasado, también el XX, ese deporte era más que joven) y, por tanto, coleccionaba los cromos de los jugadores que eran sus favoritos (pensemos cómo serían aquellos cromos en tales circunstancias… seguro que no adhesivos como hoy día…) Y sí, también iba al colegio y, en concreto, a los Escolapios.

Casi podemos imaginar lo que sería su casa con tantos hermanos, a saber, María, Agustín, Expecta y José María, que eran mayores que Lolo; luego, Antonio Luis y Lucy, los más pequeños. Y es que, al parecer, jugaban a representar obras de teatro (y no nos extraña porque ellos solos eran, ya, una compañía…) Pero también intervenían en las mismas aquellos niños de su calle que querían hacerlo. ¡Ah!, y, al parecer, le gustaba mucho subirse a los árboles… como a todo niño, digamos, traviesillo…

En fin… hemos visto, aunque sea brevemente, que nuestro Beato, antes de serlo fue lo mismo que podría ser otra persona y que, al fin y al cabo, sus quehaceres fueron los propios de su edad. Luego, Dios lo llevó por otros caminos… y supo recorrerlos, como bien sabemos.

Eleuterio Fernández Guzmán