La tarde caía lentamente sobre Linares mientras el Jueves Santo comienza a desplegar su ritual más esperado. A las 17:00 en punto, se abrió el telón de una jornada cargada de historia, fe y emoción contenida. Las puertas de la Basílica de Santa María se abrieron y el Rescate iniciaba su caminar.
El murmullo del público se convierte en silencio reverente cuando Nuestro Padre Jesús del Rescate asoma. La imagen, obra de Gabino Amaya, avanza con la sobriedad que le otorgan sus treinta costaleros, acompañada por los sones de la Agrupación Musical que lleva el nombre de la Virgen. Tras Él, María Santísima de los Dolores, de Luis Álvarez Duarte, derramaba belleza y recogimiento, mecida también por treinta costaleros y arropada por la música de la Sociedad Filarmónica “María Inmaculada”.
El recorrido serpenteaba por calles que se transforman en escenario vivo: Don Luis, Romanones, Alonso Poves… rincones donde balcones y aceras se llenan de miradas expectantes. Cada paso es medido, cada levantá, un suspiro compartido. La ciudad entera parece acompasar su pulso al de la cofradía.
Destaca la Banda de Cabecera, que comenzaba previamente su pasacalles desde la calle Nueva para unirse al cortejo y realizar todo el recorrido con marchas como «Ave María», «El concierto de Aranjuez» o «Vuela», entre muchas otras.
Con la llegada a la Carrera Oficial a las 20:14, el cortejo alcanzaba uno de sus momentos más solemnes. La luz tenue del atardecer se mezcla con el brillo de la candelería, dibujando estampas que parecen suspendidas en el tiempo. Plaza San Francisco, Teniente Ochoa, Marqués de Linares… nombres que, durante unas horas, dejan de ser calles para convertirse en estaciones de emoción.
Este año se han estrenado las dalmáticas para el cuerpo de acólitos del Palio, la saya bordada en hilo de oro sobre terciopelo blanco, dos filas de candelería labrada en plata y repujados plateados en el canasto de Cristo.
La noche avanzaba y el recogimiento se intensificaba. El sonido de las marchas, el roce de los hábitos, el leve crujir de la madera bajo el peso del paso… todo compone una sinfonía íntima que envuelve a quienes acompañan el discurrir de la hermandad.
Pasadas las diez, el regreso se hace palpable. La ciudad, que antes vibraba con la salida, ahora guarda silencio respetuoso ante la llegada. A las 22:35, el Rescate cruzaba de nuevo el umbral del templo. Se cierra así una jornada que no es solo tradición, sino memoria viva, fe compartida y sentimiento que perdura más allá de la noche.
